Reportajes


Alejandro Tapia: El pescador que dejó el mar para convertirse en empresario

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“Cuando tenía que entrar a la enseñanza media, mi papá me dijo ‘ahora tienes que ganarte tú la vida, ahí tienes un saco de machas y la plata del pasaje’”. Así partió la historia de Alejandro justo cuando tenía que entrar a primero medio. ¿Cómo pasó de vender machas al salir de clases los lunes, a convertirse en un exitoso empresario? Se lo preguntamos a él mismo, al pescador que abandonó el mar para emprender.

Por: @ahorapinto

No es dueño de una cadena de hoteles ni de un edifico de muchos pisos con nombre y letreros bonitos, ni se jacta del éxito de sus pasos. Alejandro Tapia Acuña es un hombre sencillo, muy trabajador y por su hablar demasiado rápido podemos inferir que es el típico hombre que quiere todo hecho “para ayer”. ¿Por qué nos interesó su historia?, porque un día dejó de “mariscar” en el mar y decidió proyectar un negocio, que a la fecha no le ha generado solo millones y millones en ventas, sino también grandes satisfacciones. Él es “Alejo”.

Su historia vinculada a los negocios partió cuando era aún muy niño, un día su padre le pasó un saco de machas y le dijo que debía hacerse cargo de su vida, y que lo que quisiera hacer con ella primero debía financiarlo; así partió hace ya muchos años vendiendo machas con su uniforme de colegio.

Relátanos por favor lo de las machas a la salida del colegio…

Yo me iba el domingo a Illapel porque estaba estudiando allá, y el lunes en la tarde, después del colegio, iba con un amigo a vender las machas, las ponía en una carretilla y salía a ofrecerlas. Ahí yo siento que me hice comerciante, después el martes volvía a buscar más machas. Llegó un momento en que sentía más ganas de estar vendiendo que estudiando.

¿Cómo terminas siendo buzo y pescador?

Mi papá siempre fue buzo, por lo que era algo que yo conocía, de hecho, trabajaba con él los fines de semana cuando no tenía clases. Después me dediqué a bucear yo también, siempre en paralelo iba estudiando, de hecho, quedé en la universidad dos veces, di la prueba dos veces, y en ambas quedé en Ingeniería Civil, pero no era el camino que yo quería.

En el mismo tiempo que tú empezaste a bucear, hubo muchos hombres que se dedicaron a lo mismo, pero tú hiciste luego otras cosas, ¿qué tenías tú que otros no tuvieron?

Yo creo que no me conformaba con lo que tenía. Estuve cuatro años trabajando en Chiloé, y esa zona es muy compleja con el clima, a veces había cuatro meses en los que no había trabajo, y nosotros teníamos que esperar o trabajar esporádicamente en otras cosas. Un día le dije a mis compañeros “este es el último día en que voy a trabajar”, estaba aburrido de la estacionalidad, ya tenía una hija y no quería que le faltara nada. Ese día efectivamente fue el último día en que me puse el traje para bucear.

¿Qué hiciste entonces?

Me vine a Los Vilos, y un amigo me dio la posibilidad de entregar pensión a algunos trabajadores. Empecé haciendo comida de caleta, hacía el aseo, era como una nana peruana (ríe). Así comencé con esto de la residencial, luego arrendé una casa en Valparaíso para trabajadores, hacía todo yo al comienzo.

¿Cómo vino el salto?

Mira, yo tenía una camioneta en ese tiempo, tenía problemas con los papeles y la vendí en un millón de pesos, con eso construí una cocina y una habitación, creo que ese fue el principio del salto. 

LA OPORTUNIDAD DE CRECER

El año 2004, cuando una gran remodelación en una obra de la ciudad se comenzó a gestar, Alejandro recuerda como anécdota que tenía un amigo que trabajaba como guardia en el lugar y una de las personas de la empresa le preguntó si conocía alguna pensión para trabajadores; lógicamente el amigo recomendó a Alejandro.

“Cuando me preguntaron el precio diario por persona, yo me bajé un poco, porque había escuchado que se trataba de 50 o 60 personas. En ese tiempo no tenía la capacidad, entonces me pidieron que les mostrara la cocina y esta lógicamente no tenía la capacidad tampoco, pero este señor me dijo que me iba a dar la oportunidad, me entregó un cheque de un millón de pesos para que reformara toda la casa”. Alejandro recuerda este hecho como ese golpe de suerte que todos esperamos tener en los negocios. No fue fácil, pero aceptó el desafío, y a pesar de que el precio que ofertó la empresa no le favorecía para nada, aceptó y de un día a otro la capacidad de su pensión se incrementó a 60 camas.

¿Fue un golpe de suerte?

Claro, y más que de suerte fue de confianza, y hasta hoy esa empresa trabaja conmigo, les conservo un precio especial por la fidelidad que han tenido con nosotros y gracias a ellos aumentamos la capacidad que hoy ya va en 150 camas.

AL ABORDAJE DE OTRA REGIÓN

La localidad de Los Vilos, donde se ubican los negocios de Alejandro, se encuentra en el límite entre las regiones de Coquimbo y Valparaíso. Tras analizar costos y beneficios, por ejemplo, en la búsqueda de sus proveedores, se dio cuenta de que la quinta región estaba más cerca que La Serena. Por lo mismo es que comenzó a hacer viajes periódicos a Limache, primero en la búsqueda de verduras y frutas, pero luego observó que esta ciudad carecía de una oferta gastronómica de calidad y a un precio asequible.

De esta forma nació lo que él ve como una oportunidad nueva de negocio, abrir un restorán en Limache; “estamos en una calle por la que pasan 600 autos cada hora. A diferencia de Los Vilos, ahí tenemos un gran público, y nosotros trabajamos con productos de calidad a muy bajos precios, con esa dinámica llegamos a Limache. Llevamos solo unos meses y ya estamos vendiendo casi 300 almuerzos diarios”, comenta.

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“YO CUIDO A LA GENTE”

El modelo de negocio de Alejandro no tiene grandes pretensiones en términos de marketing, no busca la internacionalización ni el reconocimiento, y quizás por eso ha podido concentrarse en lo que para él es realmente importante: preocuparse de esos pequeños detalles que hacen la diferencia. “Yo me dedico a atender a personas trabajadoras, de mis instalaciones depende su descanso, y muchas veces de un correcto descanso depende su vida al otro día, sobre todo si trabaja en faenas mineras o trabajos de alto riesgo”, comenta.

¿Cuál es la receta del éxito? Le preguntamos a este emprendedor, y más allá de análisis extremos o de un cuadro con números, nos entrega lo que para él ha sido la receta perfecta y que puede resumir en el término “calidad”. “Tenemos buena atención, buena comida y buena cama, teniendo eso nuestro negocio ha crecido y se ha mantenido”. Pero insistimos sobre la receta del éxito, y Alejandro reitera “cuanto tú empiezas tienes que hacer las camas, hacer la comida, pero lo más importante es haber tenido como compañera a una mujer como la mía; si no fuera por ella, probablemente todavía tendría las primeras cuatro piezas y nada más”.

Ya, pero la ¿receta del éxito es…?

Perseverancia, honestidad con las personas, con tu cliente. Yo por ejemplo soy un hombre de mar, conozco todos los pescados y mariscos, y sé que en algunos lugares venden congrio, pero en realidad entregan otro pescado más barato, yo jamás podría hacer eso. En resumen, para responder al fin tu pregunta, perseverancia, trabajo, sacrificio de familia, compañía, eso es muy importante, y finalmente tener metas y trabajar siempre para cumplirlas.

Hasta el momento parecen solo logros, ¿algún problema?

Me gustaría que las autoridades te facilitaran más el camino al emprender, que te den más oportunidades, que la gente de salud no sea tan cuadrada. Cuando la gente emprende, lo hace porque quiere surgir, y en general es gente de esfuerzo que arma negocios muchas veces sin un gran sustento, y no hay un sueldo a fin de mes esperándote para los plazos que los servicios públicos se permiten tener para tus trámites. Una vez estuve 10 meses esperando un permiso, ¡10 meses!, y resulta que en esos 10 meses igual tuve que pagar arriendo, personal y sin que pudieran entrar fondos a la caja porque no me permitían abrir, mientras que en las esquinas muchas veces hay gente vendiendo comida que hacen sobre una parrilla en un tarro todo oxidado y nadie les dice nada.

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